RESPUESTA: ¿Cuándo y dónde hay necesidad de una carta de recomendación?

 

  Traducido desde Truth and Tidings, Octubre del 2015

Por John Dennison

Dado que las bases de la comunión en la asamblea es la doctrina de los apóstoles (Hechos 2:41), es relevante conocer si quienes nos visitan comparten las mismas creencias como las de aquellos en la asamblea que están visitando. ¿Cómo puede una asamblea tener la suficiente confianza en un hermano visitante para solicitarle tomar la Palabra?

Una solución es preguntarles. Sin embargo, la mayoría de las veces llegan justo con el comienzo de la reunión, habiendo poco tiempo para indagar respecto de su doctrina y conducta. En la práctica, esto no es siempre posible.

El Señor Jesús dijo, “Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero” (Juan 5:31) Él no testificó respecto de Sí mismo sino que hubo un testimonio objetivo, externo, como el de Juan el Bautista, el Espíritu, el Padre, Sus milagros. Ningún hermano o hermana debiera considerar su propia palabra como suficiente. 

Por lo expuesto, Dios instituyó el uso de cartas de recomendación. Por ejemplo, Paulo escribió a los Romanos, “Os recomiendo además nuestra hermana Febe …” (Romanos 16:1) Escribió a los Corintios 

Y si llega Timoteo, mirad que esté con vosotros con tranquilidad” (I Corintios 16:10) Incluso  Apolos “varón elocuente, poderoso en las Escrituras” llevó una carta  (Hechos 18:27)

El propósito de una carta incluye la presentación de un  creyente, confirmar su doctrina, describir su testimonio y destacar aquellas habilidades y actividades particulares en la cual él ha sido encontrado fiel. A los Corintios Pablo escribió, “porque él hace la obra del Señor así como yo” Así él podría pedirle predicar el evangelio y enseñar las Escrituras con plena confianza de que lo que los Corintios oirían  estaría en completo acuerdo con la doctrina de los apóstoles.  La carta de Febe dice que ella era “servidora de la iglesia que está en Cencrea” (Romanos 16: 1 y 2) Así, ya sea una carta para visitar o residir, la información compartida en la carta de recomendación permitirá a la asamblea receptora canalizar su futuro servicio para el Señor.

Las cartas de recomendación debieran indicar el propósito de una visita. Pablo deja claro a los Corintios que Timoteo, “os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias” (I Corintios 4:17) Si un creyente está en el área por razón de trabajo, vacaciones o para residir, sería cortes hacer saber sus intenciones en la carta.

Pablo también presenta la única excepción donde una carta no es necesaria, “¿Comenzamos otra vez a recomendarnos a nosotros mismos? ¿O tenemos necesidad, como algunos, de cartas de recomendación para vosotros, o de recomendación de vosotros? Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres;” (II Corintios 3: 1-2) Los creyentes en Corintios conocían a Pablo y a su trabajo en el evangelio, y ellos servían como una carta viva recomendando su doctrina y práctica.  Cuando la vida y doctrina de un creyente es conocida por el trabajo espiritual donde ha estado involucrado, será redundante e innecesario llevar una carta.  Esto es aplicable a todos los creyentes. Para un siervo a tiempo a completo, cuyo trabajo, doctrina e historia no es conocida, será sabio llevar una carta de recomendación cuando visita un área nueva.

Un beneficio final de esta práctica es que promueve la comunión entre las asambleas. Además de ser una forma de conexión entre asambleas, la carta les daría en Roma una oportunidad para demostrar su hospitalidad a Febe.  Respetando la autonomía, la amabilidad entre las asambleas promoverá la buena relación y respeto mutuo. Por esto, el uso de cartas de recomendación no es una tradición de las asambleas, sino una sabia práctica Bíblica para el beneficio del creyente individual,  como de su asamblea de origen y de la asamblea que lo recibe. 

Pregunta de un creyente:

 

Traducido desde Words in Season, Marzo 2001

Por Harold S. Paisley

 

Samuel dijo al pueblo de Dios lo siguiente:

Así que, lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros; antes os instruiré en el camino bueno y recto

(I Samuel 12:23)

 

¿Tendría esto alguna aplicación hoy en día? 

 

Respuesta

 

Estas palabras de Samuel fueron dichas cuando Israel rechazó el gobierno de Dios sobre ellos demandando un rey. Arroja luz sobre una cierta forma de pecado. Samuel era un sacerdote. El sabía, que como un intercesor, era su responsabilidad orar por el pueblo. La negligencia en ese deber era un pecado contra el Señor.

La aplicación para nosotros es evidente. Los creyentes son sacerdotes y por lo mismo intercesores. De manera que lo que constituía un pecado para Samuel también es pecado para los creyentes de hoy. Con frecuencia ocurre el caso en que sentimos que interceder ante el Señor por otros es completamente opcional, y no estamos bajo obligación alguna de realizar el ejercicio sacerdotal por nuestros hermanos y hermanas cuando vemos su necesidad de ayuda espiritual en tiempos en que se han alejado del Señorío de Cristo. Pero no debe ser así. Dios espera y requiere de nosotros que oremos los unos por los otros. Fidelidad en la vida de oración es importante por cuanto el no orar por otros produce falta de cuidado por las necesidades de aquellos. Dejar de orar es un pecado. Esto es verdad hoy día como lo fue en los tiempos de Samuel.

Pregunta: ¿Cómo puedo amar a algunos creyentes cuando ni siquiera me agradan?

                           Traducido desde Precious Seed. 2010.

                           Por Richard Collings

 

Respuesta: Nuestra pregunta contiene dos palabras que en realidad son muy distintas una de otra. No sólo son distintas en significado sino que también se originan de distintas  fuentes. Agradar   o   gustar   es   una   cualidad   humana   que   es   muy   limitada.   Está restringida en su extensión a personas o cosas las cuales nos atraen de alguna manera. En contraste, amar es una cualidad espiritual que proviene de Dios. “Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios.  Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios”, (I Juan 4:7). Es ilimitado porque nosotros debemos amarnos unos a otros (I Juan 4:12).Durante su ministerio público el Señor Jesús enseñó a sus discípulos muchas cosa. En la víspera de su muerte dio a ellos un mandamiento que El describió como nuevo. Dijo “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Juan 13:34) En su declaración el Señor les dio una instrucción “amar uno a otro” y el modelo de referencia “como Yo os he amado” Cristo amó a los discípulos no obstante su debilidad e indignidad. Aunque la mayoría de nosotros no está preparado para admitir que no todos los creyentes que conocemos nos agradan; esa es la realidad. Es muy posible que   incluso   no   nos   agraden   todos   los   santos   con   quienes   estamos   en  comunión. Esto no debiera sorprendernos. La vida de Iglesia reúne a personas que –naturalmente hablando- tienen poco o nada en común.  Si pensamos en la   composición   de   algunas   iglesias   del   Nuevo   Testamento   encontramos esclavos y amos en comunión; judíos y gentiles sentados juntos; ricos y pobres uno al lado del otro. El lazo unificador entre esta compañía dispar fue la salvación de Dios; ellos habían llegado a ser Cristianos.

El reto para los creyentes no está limitado a que vivamos armoniosamente juntos no obstante nuestras diferencias en conducta, apariencia y cultura. El desafío para nosotros es amarnos unos a otros. Esta es una demanda mucho mayor. Aunque no sabemos mucho acerca de varios de los discípulos, se nos ha dado información   suficiente   para   observar   significativas   diferencias   en   sus temperamentos y antecedentes. Fue a ese dispar grupo de hombres a quienes el Señor dijo, “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35) Este puede ser un aspecto   de   la   “vida   de   iglesia”   el   cual   con   frecuencia   desobedecemos. Sabemos que la palabra de Dios da enseñanza inequívoca sobre la cubierta de la cabeza para las hermanas, los requisitos para los ancianos, instrucciones relacionadas con la cena del Señor, etc – y es absolutamente correcto que busquemos   cumplir   con   todas   estas   enseñanzas.   Sin   embargo,   ¿cuántos hermanos han sido afectados debido a aquella falta en manifestar amor unos por otros? ¿Cuántos de los santos han sido permanentemente dañados debido a actitudes carnales dirigidas a ellos por creyentes en comunión? Entonces, ¿cómo podemos lograr este amor unos por otros; aún por aquellos quienes nos irritan o con quienes tenemos tan poco en común en lo que concierne a la vida diaria? Juan fue un discípulo quien realmente apreciaba el amor de Cristo y el aporta la respuesta. El escribió “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (I Juan 4:19). Frecuentemente meditamos en estas palabras en la cena del Señor. Es sabido que muchas traducciones omiten la primera palabra él, quedando “Nosotros amamos porque él nos amó primero” El contexto de la última parte del capítulo 4 de I de Juan sugiere   lo   mismo.   No   se   enfoca   sobre   nuestro   amor   por   Cristo   sino primariamente sobre el amor por nuestros hermanos. Juan está enseñando que el amor de Dios por nosotros nos capacita para amarnos unos a otros. En los versos 9 al 11 del capítulo 4, el apóstol enseña que el sorprendente amor de Dios por nosotros debiera motivarnos a amar a nuestros hermanos. ¿Es posible que nuestra falla para desplegar este amor mutuo se origine en una falta de apreciación de lo que nosotros éramos y de lo que Dios ha hecho por nosotros? En el verso 12, aprendemos que Dios nos ama para un propósito y ese propósito es que nosotros pudiéramos amarnos unos a otros. Cuando hacemos aquello, el amor de Dios logra su propósito; Su amor es perfeccionado en nosotros.

Nuestro amor no debiera ser selectivo o exclusivo; no debiera ser limitado a aquellos con quienes estamos en comunión sino ser demostrado a todos los santos, sin importar donde ellos se reúnen.  Aunque podemos no sentir la libertad de entablar comunión colectiva con creyentes quienes se reúnen de otras maneras, debemos amarles no menos. Debemos evitar el error de sostener una forma de iglesia verdadera con la exclusión de otros creyentes. Debemos defender los principios del Nuevo Testamento relativos a la asamblea local pero igualmente debiéramos valorar la enseñanza relativa a que la Iglesia es Su cuerpo. Después de todo, “somos miembros los unos de los otros” (Efesios 4:25). Reconozco que es mucho más fácil escribir o hablar acerca de este amor que demostrarlo, y algunos de nosotros puede estar consciente de las propias deficiencias en esto. Sin embargo, busquemos exudar algo del amor de Dios el cual no hace acepción de clase, género, no es racista ni sectario.